Nunca siguió los rastros de vida.
Mucho menos las palpitaciones, el flujo de sangre, las mejillas sonrojadas o el goteo de las manos aferradas. Siempre lo negó ruborizada.
Decía, decía y decía:
“Pequeñas mentiras de las
mariposas…
¿Qué pueden saber ustedes?
Seres fugaces llenos de inconsciencia.
Si al final, soy yo la que se queda”
¿Qué pueden saber ustedes?
Seres fugaces llenos de inconsciencia.
Si al final, soy yo la que se queda”