Una cuchara insurrecta decretó que todo objeto, sin importar lo común, corriente o barato que fuese tenía el derecho a convertirse en obra de arte.
¡Todos comenzaron a enloquecer!
Un orinal fue el primero en posar, inmediatamente todos los objetos de la cocina, la sala y el jardín buscaron ser descubiertos por artistas. Las sandalias se salieron del closet y se forraron de césped (dicen que le han copiado la idea a una taza que se vistió con peluche para que se fijaran en ella).
Tanta fue el ansia de fama de algunos objetos, que olvidaron sus diferencias y se fusionaron en collages o en nuevos objetos cada vez menos útiles. Como el famoso caso de la plancha que fue capaz de implantarse púas a fin de ser fotografiada por un tal Mr. Ray.
La locura llegó a tal grado que ocurrieron actos por demás insólitos y violentos. Cuentan los periódicos amarillistas que un chivo de plástico bastante demente irrumpió en el estudio de un pintor durante una noche de otoño, el resultado fue catastrófico: el muñeco atravesó una llanta y quedó atorado justo en el centro de ésta, histérico, destruyó todo lo que tenía a su paso hasta tumbarse sobre una de las obras del artista. Al pintor le pareció bastante innovadora aquella escena, por lo que hizo un casting para que todo tipo de muñecos y muebles tuvieran la oportunidad de participar en sus obras.
Ya no se sabe hasta qué punto llegará esta locura, se dice que actualmente los objetos cotidianos han rehusado volver a su función utilitaria, todos apelan a su carácter artístico y buscan el estrellato. ¿Quién cumplirá su función ahora?