El grito de las cosas

Una cuchara insurrecta decretó que todo objeto, sin importar lo común, corriente o barato que fuese tenía el derecho de convertirse en obra de arte.
¡Todos comenzaron a enloquecer!

Un orinal fue el primero en posar ante las cámaras, inmediatamente todos los objetos de la cocina, la sala y el jardín buscaron ser descubiertos por artistas. Las sandalias no tardaron en salir del closet y lucir su fastuoso atuendo hecho de césped (dicen que plagiaron la idea a una taza que dejó crecer su pelo para captar la atención del público).

Tanta fue el ansia de fama de algunos objetos, que olvidaron sus diferencias y se fusionaron en collages o en nuevos objetos cada vez más inútiles. Como el famoso caso de la plancha que fue capaz de implantarse púas a fin de ser fotografiada por un tal Mr. Ray, o el desdichado lipstick que se disfrazó de dedo para que cierto fotógrafo madrileño le descubriera.

La locura llegó a tal grado que ocurrieron actos por demás insólitos y violentos. Cuentan por ahí que una demente cabra de plástico irrumpió en el estudio de un pintor durante una noche de otoño, el resultado fue catastrófico: el muñeco atravesó una llanta y quedó atorado justo en el centro de ésta, histérico, destruyó todo lo que tenía a su paso hasta tumbarse sobre una de las obras del artista. Al pintor le pareció bastante innovadora aquella escena, por lo que hizo un casting para que todo tipo de muñecos y muebles tuvieran la oportunidad de participar en sus obras. La crítica especializada aplaudió al artista y calificó su obra como: “una mordaz sátira al exceso de metafísica del paradigma anterior”. Pero todos sabemos que se trata sólo de un accidente provocado por el exhibicionismo de los objetos.

No se sabe hasta qué punto llegará esta locura, se dice que actualmente los objetos cotidianos han rehusado volver a su función utilitaria, todos apelan a su carácter artístico y buscan el estrellato. ¿Quién cumplirá su función ahora?